COMO DESAROLLAR UNA BUENA AGRICULTURA
Siembra directa
La siembra directa (o agricultura sin labranza) es una práctica agrícola en cultivos anuales,
en la que no se realizan labores; al menos el 30% de su superficie se
encuentra protegida por restos vegetales, y la siembra se realiza con
maquinaria habilitada para sembrar sobre los restos del cultivo
anterior.
Mínimo laboreo
Práctica
en cultivos anuales, en la que las únicas labores de alteración del
perfil del suelo que se realizan son de tipo vertical y que permitan
que, al menos, entre el 20% y 30% de su superficie se encuentre
protegida por restos vegetales.
Cubiertas
Práctica en cultivos leñosos, en la que al menos, un 30% de la superficie del suelo libre de copa, se encuentra protegida por una cobertura viva o inerte.
Beneficios medioambientales
- Para el suelo: reducción de la erosión, incremento en los niveles de materia orgánica, mejora de la estructura, mayor biodiversidad, incremento de la fertilidad natural del suelo
- Para el aire: fijación de carbono, menor emisión de CO2 a la atmósfera
- Para el agua: menor escorrentía, menor contaminación de aguas superficiales, mayor capacidad de retención de agua, menor riesgo de inundaciones
- Para el agricultor: mayor estabilidad en las producciones, menor uso de energía y reducción de costos
Disminución de los procesos erosivos
Reconocido
por múltiples estudios científicos, uno de los métodos más efectivos
para luchar contra la erosión es mantener el suelo cubierto con los
restos de la cosecha anterior o de cubiertas vegetales que mantienen sus
sistemas radiculares,
con lo que se minimiza el impacto directo de las gotas de lluvia, se
favorece el incremento de la infiltración y la consecuente reducción de
la escorrentía y una disminución del poder erosivo de las aguas de
escorrentía que aún se produzcan (Martínez Raya, 2005). Esta disminución
será tanto más efectiva cuanto mayor sea la cobertura del suelo y por
tanto cuanto menor sea el enterrado de los residuos a través de las
operaciones de laboreo.
En general, aunque existen variaciones en función del tipo de
suelo y condiciones locales, las técnicas conservacionistas de siembra
directa y laboreo de conservación reducen la erosión del suelo hasta en
un 90% y 60%, respectivamente, en comparación con el laboreo
convencional.
Mejora de los contenidos de materia orgánica
La
materia orgánica se relaciona con la mayoría de los procesos, por no
decir con todos, que ocurren en el suelo. La calidad de un suelo está
determinada principalmente por su contenido en materia orgánica, si bien
éste es variable y muy sensible a los sistemas de manejo el suelo. En
las condiciones del sur de España, destacamos la importancia de la
materia orgánica en la formación de la estructura del suelo, frenando la
erosión y el aumento del agua que se puede retener en el perfil, de
especial interés en los secanos
andaluces. Está ampliamente investigado que cuando se cambia de la
agricultura convencional (laboreo intenso) a la de conservación, el
contenido en materia orgánica del suelo aumenta con el tiempo, con todas
las consecuencias positivas que ello conlleva (Giráldez et al, 1995,
2003).
En ensayos realizados en la finca Tomejil en Carmona (provincia de Sevilla, España), tras más 19 años de ensayo en siembra directa, comparando con el convencional, se han fijado 18 t/ha
de carbono en un perfil de suelo de 52 cm. El suelo ha aumentado en
torno al 40% su contenido en materia orgánica (Ordóñez et al, 2006).
Sumidero de carbono
Disminución de las emisiones directas de CO2 a la atmósfera.
Cuanto menos se labra, el suelo absorbe y almacena más carbono, y
por consiguiente sintetiza más materia orgánica, lo que a largo plazo
aumenta su capacidad productiva, y al mismo tiempo disminuye el CO2
que se libera a la atmósfera, al no “quemarse” el carbono con el
oxígeno debido al laboreo. Dejar el suelo sin su piel es la primera
causa de emisiones de CO2, ó sea, el suelo en vez de capturar transfiere a la atmósfera CO2 tomando el camino hacia la desertificación, a un cierto punto ya no importa cuanto llueva o se riegue, un suelo sin carbono no retiene agua.
Hay que tener en cuenta el ahorro considerable de gasoil
que conlleva la puesta en práctica de la agricultura de conservación,
al no tener que hacer tantas labores en campo como el convencional.
Trabajos realizados en la Vega de Carmona (Perea y Gil, 2006) ofrecen
datos sobre este asunto. Como resumen se puede decir que la siembra
directa, con respecto al laboreo convencional, en una alternativa de trigo-girasol, puede suponer un ahorro de gasoil de 70 litros por hectárea aproximadamente.
El contenido de carbono del suelo se incrementa anualmente en una
cantidad de 1 ó más toneladas por hectárea y año, de acuerdo a datos
procedentes de ensayos realizados en Andalucía por investigadores del
IFAPA (Ordóñez et al, 2006).
En este aspecto, la agricultura de conservación puede ser clave
para reducir las emisiones de gases con efecto invernadero, a la par de
fijar carbono atmosférico por la eliminación del laboreo. Como refrendo,
en España se ha declarado la agricultura de conservación como actividad
sumidero de CO2 en el Real Decreto 1866/2004 por el que se aprueba el Plan Nacional de Derechos de Emisión 2005-07.
Aumento de la biodiversidad
Los
sistemas agrícolas con abundantes restos de cosecha sobre el suelo
proveen alimento y refugio a muchas especies animales durante períodos
críticos de su ciclo de vida. De ahí que con la agricultura de
conservación prosperen gran número de especies de pájaros, pequeños mamíferos, reptiles, y lombrices, entre otros.
Asimismo, la agricultura de conservación permite el desarrollo de
una estructura viva en el suelo, más estratificada, más rica y diversa
en organismos tales como microorganismos, nematodos, lombrices e insectos. La gran mayoría de las especies que constituyen la fauna
del suelo son beneficiosas para la agricultura y contribuyen de alguna
forma a la formación del suelo, a la movilización de nutrientes y al
control biológico de los organismos considerados como plagas.
En el caso de lombrices, en ensayos realizados en España, en siembra directa se han alcanzado 200 individuos por metro cuadrado
en los primeros 20 cm de suelo, frente a apenas 30 individuos en
agricultura convencional (Cantero et al, 2004). En siembra directa, esta
cifra equivale a unos 600 kg de biomasa por hectárea, casi un 700% más que en convencional.
Mejora de las aguas superficiales
El rastrojo,
o restos vegetales de la cosecha anterior sobre el suelo que
caracteriza a la agricultura de conservación, retienen en gran medida
los fertilizantes y pesticidas
en la zona agrícola en que fueron aplicados, hasta que son utilizados
por el cultivo o descompuestos en otros componentes inactivos. Así, las
técnicas de conservación no sólo reducen muy considerablemente la
escorrentía sino que también propician una fuerte absorción de
pesticidas, amonio y fosfatos
por los sedimentos.
En consecuencia con lo anterior, se ha estimado que
mediante la siembra directa y el laboreo de conservación, el arrastre
de herbicidas en las aguas se reduce sustancialmente, y de forma similar los nitratos (> 85%) y fosfatos solubles
(> 65%). A este respecto, si se comparan diversos métodos de laboreo
se puede concluir que mediante la siembra directa se reduce en las
aguas superficiales el transporte de herbicidas en un 70%, los
sedimentos en un 93% y la escorrentía en un 69%, en comparación con el
laboreo convencional de volteo. Se concluye, pues, que las técnicas de
siembra directa y laboreo de conservación mejoran sustancialmente la
calidad del agua (ECAF, 1999).
Ahorro de agua
El
manejo del suelo influye directamente en las propiedades físicas de
éste y con ello en los procesos implicados en el balance de agua y en su
aprovechamiento por los cultivos. Así, los contenidos de materia
orgánica son superiores en las parcelas bajo siembra directa (SD) y
mínimo laboreo (ML) que en las de laboreo convencional (LC).
Algo
similar ocurre con el porcentaje de agregados estables, siendo superior
en las muestras pertenecientes a SD frente a las de LC. Estas
diferencias son más notables en el horizonte más superficial, donde los
efectos del laboreo son mayores. A medida que se profundiza en el perfil
las diferencias se atenúan. También, la capacidad de retención de agua
del suelo se modifica por las condiciones de laboreo, siendo superior en
las parcelas de SD y en los primeros 20 cm.
La mejora estructural y retención del suelo
ya expuesta con anterioridad lleva a una mayor infiltración de agua en
el perfil. La presencia de restos vegetales en la superficie hace que
haya una menor evaporación
de agua. Estos factores unidos dan lugar a una mayor disponibilidad de
agua para el cultivo, lo que es de especial interés en las zonas secas
(AEAC/SV, 2007).
En cultivos en regadío
también es clave este apartado. No por haber agua disponible para riego
hay que olvidar el ahorro de este bien escaso. En ensayos hechos en
cultivos como el maíz, en la Provincia de Córdoba (España), se ha mostrado un ahorro del 10-15% de agua gracias al empleo continuado de la siembra directa durante varios años.







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